El hermano Silvestre era muy revoltoso.
(Su nombre indica ya algo.)
Pequeño de estatura, era pícaro y bueno. Marcelino le quería.
Había llegado a la comunidad de los hermanitos de María con doce años de edad.
Con un temperamento vivo e inquieto, no podía estar tranquilo y sin armarla.
Se portaba bien en las cosas importantes, pero en las otras...
Un día cogió una carretilla y estuvo dando vueltas con ella por el patio. Como eso era muy aburrido entró con ella en la cocina, en las clases, y acabó por subirla a la sala de estudios.
Algunos hermanos se lo contaron a Marcelino.
Como le conocía bien, Marcelino les dijo:
- Siento que sólo la haya subido al primer piso. Si la llega a subir al desván, le doy un premio.
Prefiero que se entretenga así a que esté aburrido. Además no entiendo que daño ha podido hacer con esta trastada.
Vosotros también jugabais de jóvenes. La culpa es vuestra por no jugar con él y dejarle solo. Sólo habláis de estudios y de cosas serias. ¿Cómo se va a divertir el hermanito?
Pero, aunque Marcelino le defendía, el hermano Silvestre no descansaba, no paraba de hacer picias.
Una tarde se escondió en la escalera, esperando que pasara algún hermano por allí. La escalera tenía cuarenta escalones, y era de madera.
Cuando vio aparecer por allí a alguien, empezó a moverla de un lado para otro. El pobre hombre que subía, no hacía más que jadear.
Silvestre se volvió para ver quién era su víctima. Y se llevó un gran susto al comprobar que se trataba de Marcelino.
Pasó por todos los empleos de la casa. Cuando limpiaba las lámparas, dejó caer el aceite en la sotana de Marcelino (por querer hacerse el habilidoso delante de él.)
Cortaba el pelo a algunos hermanitos. A uno de ellos le hizo una tonsura “artística”, según sus propias palabras.
Marcelino, en esta ocasión, se enfadó, porque se había reído de cosas serias. Le hizo devolver la sotana. Para recuperarla, tuvo que pedírsela de rodillas a Cattet, un día que vino a visitar la casa.
Cuando el hermano Silvestre tenía catorce años, Marcelino le mandó a una escuela, de cocinero.
Su destino era Ampuis, un pueblo pequeño.
Marcelino le indicó el camino y le dijo que fuera andando, que él le adelantaría.
Al cabo de una hora, Marcelino con el caballo, se lo encontró a dos kilómetros de la casa.
Le indicó que fuera hasta Santa Cruz del Monte Viejo, un caserío.
Y le dejó el caballo. Marcelino tomaría un atajo.
Silvestre buscaba cruces por todo el camino, y se pasó de pueblo.
Preguntó y regresó.
Cuando llegó, entró en la escuela de los hermanos, y se equivocó de clase. Se metió en la de los mayores y todos se reían de él por lo pequeño que era.
El hermano encargado de la clase tuvo que dar vacación a los muchachos porque no podía controlar sus risotadas.
Cuando llegó Marcelino, se enteró de lo que había pasado.
Traía los pies llenos de ampollas y rozaduras, porque aquel día estrenaba botas.
Poco a poco, las cosas se arreglaron.
Para terminar con las “hazañas” del hermano Silvestre, veamos cómo nos cuenta él mismo una de ellas.
- El padre Marcelino me confió el cuidado de dos animales, verdaderos símbolos del capricho.
Nos daban leche para mejor alimentar a los hermanos tísicos.
Nunca había cuidado animales, y apenas podía contener a esas dos bestias con cuernos.
Para lograrlo, un día los até a los extremos de una cuerda que yo sujetaba por el medio.
Así los lleve arriba de la roca, a casi cien metros de altura. Allí, irritados al verse presos, empezaron a tirar cada uno por un lado.
Acabaron por enredarme en la cuerda.
Caí al suelo y cayeron los animales.
Los tres juntos rodamos por la ladera, entre peñas, hasta la base del monte.
El padre Marcelino, no lejos de allí, nos vio caer y corrió a darme la absolución, temiendo lo peor.
Felizmente, ni a los animales ni a mí nos pasó nada.
En el recreo conté la historia y el padre Marcelino sonreía.